De cómicos y música de acordeón.

Mirada de cerca, la vida es una tragedia,

pero vista de lejos, parece una comedia

Charles Spencer “Charlie” Chaplin

 

Los lunes a las ocho de la noche, la calle quedaba vacía, en el pintoresco pueblito donde vivíamos, todos corrían a su casa a ver “el chavo del 8”, con la sabida excepción de mi casa, mi padre era un tipo al que la comedia de Roberto Gómez Bolaños le caía en el hígado, así que yo me hacia el despistado y me iba a casa de mi amigo Adán, a ver la tele a escondidas de mis padres, quienes muy pronto descubrieron la estrategia y con toda la pena del mundo me iban a sacar de aquel hogar donde yo moría de risa viendo como Doña Florinda golpeaba a Don Ramón sin mediar explicación.

Muy comprometidos con hacer de mí, un ejemplo de razones, me sentaron varias veces a la mesa de la cocina (lugar donde se resuelven todas las controversias en mi casa, como en la mayor parte de las casas en México), donde me comentaban todas y cada una de las cosas que estaban enseñándome valores erróneos en ese programa; pero yo concordaba por no discutir mientras buscaba la forma de a escondidas ver el show, porque era muy gracioso ver a alguien caer de bruces por tropezar con una pelota, pero más importante aún, porque los martes a primera hora en el salón de la Maestra Elvira, todos los niños comentábamos el programa, quienes no lo habían visto, eran marginales, y yo me negaba a no ser de los populares.

Cuando salimos del pueblo y llegamos a una Ciudad ya en extensión de palabra, la calle no se vaciaba a las ocho, la idea era estar en la calle hasta tarde, las escondidas buenas, esas que se jugaban en todo el fraccionamiento empezaban recién a las ocho y terminaban a las diez, hora en la que había que estar en casa, lo que había en la tele no pasaba de lunes a viernes, pasaba los sábados en la mañana, los caballeros del zodiaco, los súper campeones, el carisaurio y los moto ratones de marte eran el TT del lunes por la mañana, y separaban en clanes a todos los niños, había círculos alrededor de los pupitres donde se discutían estos asuntos, a más de que quienes no teníamos telecable, no queríamos que los que si tenían nos contaran que pasaría, ya que ellos iban más adelantados en las series.

En la casa mis padres pusieron cable, y no volví a tener tratos con televisa, hasta los domingos en la mañana para ver Chabelo, y a mediodía cuando jugaban las chivas y me sentaba con mi papá a apoyar al equipo y platicar de lo que había pasado en la semana, él trabajaba mucho y eran los pocos momentos en que nos juntábamos, a veces incluso con mi mamá, quien siempre tenía comentarios picosos para hacer las delicias del momento; al final del juego ponían una película de “Chente”, de “Pedrito Fernández” o de Chespirito (¿Qué tan ególatra debes ser para compararte con el hombre que escribió Macbeth?), mis padres se levantaban al final del partido y preparaban de comer, yo con mi general flojera no cambiaba el canal y así fue como vi “El chanfle” y “El chanfle 2”, y entendí todas las palabras que mis padres habían puesto en mi hace algunos años.

Las frases siempre eran las mismas, las situaciones eran básicamente iguales, nada más rotando los personajes, a veces caía a la alberca Carlos Villagrán, otras Ramón Valdés, estos dos son quienes en mi particular punto de vista cargaban con el peso de las situaciones, ellos eran la pareja dispareja, el hombre adulto de escasos recursos, y el niño mimado que siempre quiere molestarlo, uno era recio, de tatuaje de ancla y el otro en disfraz de marinerito, ya fuera vestidos de vaqueros, de gánsteres o de staff de futbol, ellos siempre hacían la misma fórmula, el fuerte y el débil, a esa forma de interactuar no le hacía falta nada, no había necesidad de que llegara el personaje en turno de Roberto Gómez, a golpear a alguno, o a tropezarse para rematar todo en un gag de golpes y porrazos, muy barato.

Nunca más tuve interacciones con el espectáculo que Roberto Gómez llamaba comedia, empecé a expandir mis gustos, mis conocimientos y sí quiero recalcar que eso no me hace superior a nadie, habrá quien sea más culto, y más inteligente e incluso más perspicaz que yo, un ser humano digno de admiración a quien le gusten los programas de Roberto Gómez Bolaños, porque los gustos son resultado del medio, todos los días oigo gente decir que soy un naco porque me gustan los corridos y la banda, y nunca tomo cinco minutos para explicarles que donde me cuidaban en el pueblo pintoresco me arrullaban con música de Ramón Ayala.

No me gusta el trabajo de Roberto Gómez, pero nunca desee su muerte, el problema es que en este país cada vez más tenemos que explicar nuestros gustos y a veces hasta defenderlos de quienes quieren hacernos cambiar, porque vivimos “en el error”, porque vienen a “abrirnos los ojos”, como si la uniformidad de criterios fuera una cosa tan buena, no quiero que nadie me diga que hago mal porque a veces me duermo oyendo a los Cadetes de Linares (como cuando era un niño), ni creo que tú que lees esto estés mal porque te ríes con algo que a mí no me hace gracia, cada vez más el puente de la tolerancia se hace más estrecho, y nos enfrentamos con los que son nuestros semejantes por temas muy simples, olvidamos las palabras de François Marie Arouet “Yo no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero daría la vida para que usted pudiera decirlo”, cosas cotidianas nos polarizan terriblemente, y nos dejan pensando en voz alta… “¡Oh! ¿Y ahora quien podrá defendernos?”.


 

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Una respuesta a De cómicos y música de acordeón.

  1. zzzurdita dijo:

    El asunto es que somos de naturaleza juzgona. Recuerdo, por ejemplo, que llegaste a juzgarme por hacer uso (excesivo, si quieres, y en ese punto sí doy espacio a una crítica) de las redes sociales. Pero cada quien sus gustos, sus manías, sus defectos, sus virtudes y todo lo que venga en gana… No me parece justo que ahora todos odien al difunto porque sus programas nos enseñaba que estaba bien discriminar y burlarse del otro y bla bla bla… todas esas cosas que se dicen. Al final ¿quién no vio por lo menos un maldito capítulo del chavo?

    Y al final… quién está más obsesionado con la muerte del señor… ¿los que seguían siendo “fanseses”, o los que siguen llamando basura a lo que consumieron cuando eran más jóvenes?

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