El intermitente yo.

No quiero ser más el péndulo de Foucault,

Las prolongaciones del vaivén me han dislocado,

Apersonado en oleaje, que por bravo que sea,

No va a ningún lado, ni corre ni se queda.

El movimiento deja huella,

Incluso puede seguirse el rastro,

Pero rastro ni movimiento son en realidad viaje,

Ni salida, ni meta, solo tramites sobre la misma ventanilla.

La permanencia es el único fin,

La excepción a la regla, un fin que justifica medios,

Se sobrevive siendo esporádico, sí,

Pero solo eso, tormenta en vaso de agua.

Un día cara y otra cruz, otra cruz en misma cara,

Diferentes latidos fuera y dentro del mismo exangüe pecho,

Espacio discontinuo, círculos perversos,

Hasta en la montaña rusa pierdes la adrenalina tras la quinta vuelta,

Y no se rescata nada, salvo estas ganas de ser sempiterno,

El anhelo de la permanencia; el café de la mañana.

 

(y la bendita prosa de José Saramago)

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