HULK

Los vengadores nos reconcilian con el universo Marvel, sin hacernos perder la fe en el Hombre murciélago. Yo, que abominé de spaidermanes y mutantes, dioses del Olimpo y robots voladores con alma de playboy, reconozco que sus artificios y alucines espectaculares me han seducido, sobre todo porque he visto al mejor Hulk nunca antes visto, encarnado por el señor Mark Ruffalo, quien nos hace olvidar incluso al gran Bill Bixby, el de la serie de televisión con Lou Ferrigno. Por fin, ese monstruo ha perdido su esencia depresiva-bipolar y sale a escena para encabezar una defensa de los encabronados, esa masa crítica a la que se ha querido encerrar tras la puerta negra con tres candados.

 

Y es que, merced al imperio de lo políticamente correcto, las teorías de la psicología light y los gurús de la autoayuda, el encabronamiento está muy desprestigiado. Ya no te puedes medio molestar por algo que inquiete tu desarrollo estabilizador porque de inmediato te recetan Prozac, Ritalín o sobredosis de Paulo Coelho, el Dalai Lama y toda esa tribu de fundamentalistas de la serenidad. Lo que antes era un sano ejercicio de catarsis y rebeldía frente al malestar en la cultura, se ha convertido en un vicio desprovisto de fornicio.

 

En un mundo donde no hay más ruta que la de la alegría y la felicidad obligatorias, los encabronados son más perseguidos que los fumadores empedernidos y los Humbert-Humbert adictos a las Lolitas, y están condenados al señalamiento y la marginación. Todo está supeditado a los anclajes de la tolerancia que ha convertido su imperio en una pesada losa, sobre todo porque tolerar se ha convertido en sinónimo de estoicismo y sometimiento voraz.

 

Nostalgia fuerte de aquellos días en que podías ejercer tu derecho al día de furia, producir histerias y paranoias entre esa dócil estirpe anestesiada por los mundos de caramelo y las telenovelas a la medida.

 

Por eso siempre experimentamos envidia de Hulk, esa desaforada y feroz criatura verde, porque es el elogio de la bestia encabronada. Stan Lee, el legendario creador del personaje, sabía que la ira es el gran transformador, que a través de la furia desatada se construyen grandes revanchas o grandes libertades, que ante el poder del emputecimiento se generan poderosas transformaciones revolucionarias. Así, todas sus creaciones hoy instaladas en la factoría Marvel tienen esa premisa, pero es en Hulk donde se sublima la dicotomía Hyde-Jeckyll para establecer una tesis fundamental: encabronarse no siempre es desdeñable; antes al contrario, es el motor que empuja a confrontar la mediocridad, el conformismo y el espíritu masoquista. Grandes males han provocado aquellos que no saben ver en el encono su parte lúcida y valiente.

 

En Los vengadores, Hulk ha dejado de intentar contener sus pasiones como en los viejos tiempos, y ahora convive con ellas. Ya no quiere dominar sus instintos sino que ha decidido simplemente nunca dejar de estar encabronado. Hay que estar alerta, prendido, atento. Nunca se sabe cuándo se requiere de sus desmesurados servicios.

 

De ahí que cuando el doctor David Banner tiene que salir a partírsela a sus enemigos no hace falta que nadie lo provoque: él siempre está listo para dar la batalla y el resultado es estrujante, bárbaro pero épico. Con un elemento adicional: el humor. Un Hulk ácido, socarrón, encabronado y brutal, que hace palidecer al engreído de Iron Man, al aburrido del Capitán América, a la sobrevalorada Black Widow y al voluntariosito de Thor ¡Aleluya!

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