31 MINUTOS

Lo primero que piensas al ver en banda a Juanín, Policarpo, Tulio, Chascoberto, Huachimingo, Calcetín con rombos man, es que son como Los Muppets, pero región cuatro. Luego de someterte a una terapia grave con sus producciones, guiones, ejercicios multicolores, lectura entre líneas, administración de sus mensajes cifrados y la manufactura del espacio noticioso, todo parece indicar que Los Muppets deberían ser los 31 minutos del mainstream. Mientras las invenciones de Jim Henson rondan fundamentalmente los ejes del entretenimiento, con lo cual cumplen una función social muy respetable —aunque es cierto que la más picante y permisiva es, como dictan los cánones, la siempre admirable Miss Piggy—, las criaturas de 31 minutos se aproximan a los territorios de la provocación en el supuestamente idílico mundo infantil.

Al venir de Chile, donde el aparato represor pinochetista partía de la lógica de la cero tolerancia, los de 31 minutos tenían que buscar los intersticios de sinrazón para clavarle sus dagas de acidez al sistema.

31 minutos llegó con el nuevo siglo, y cuando se instaló en México dejó a su paso una estela que permeó a varias generaciones. Niños alucinados ante las historias de ese noticiero sin maniqueísmos ni solemnidades y con una grave vocación por la hilaridad, contagiaban a los padres que podían encontrar segundas o terceras lecturas donde se exploraban temáticas aparentemente inocuas que, al final, eran portadoras de señalamientos impíos.

Y las canciones y los discos y la película no podían ser más delirantes. Música dedicada a muñecas que hablan y cuentan chismes sucios de la vecina, el asombro funk de quitarle las ruedas chiquitas a la bicicleta, el blues de un diente blanco que ha cumplido con su destino manifiesto, la dicha inicua de establecer criterios filológicos entre tangananica y tangananá…

Ahora, luego del fin de sus historias, 31 minutos se aposenta en la zona teatral con un espectáculo que, sin abandonar la zona televisiva, se presenta fresco, emocionante, divertido y muy imaginativo. El escenario es una pantalla de televisión para expresar la tesis fundamental del montaje original de 31 minutos: que la televisión es muy “fome” —o sea, traducido del chileno antiguo, muy aburrida y sin gracia.

Hay una reseña del show de teatro de 31 minutos en el lunario del auditorio nacional en la que la revista Chilango consagra que, no había suficientes niños porque estaba hasta el tope de criaturas instaladas en las púberes canéforas, en la chaviza rebelde de pelo a lo manga japonesa y patineta a lo Bart Simpson, que portaba carteles que al calce anunciaban: “I Love You Juanín”. Éste es uno de los personajes más entrañables de la serie creada por Alvaro Díaz, el floor manager del noticiero más calzonudo, riguroso y recalcitrante que pudieran haber realizado unos personajes hechos a fuerza de calcetín, un derecho-un revés, punto y cruz, bricolaje, tejido y macramé.

Todos los miembros de esa generación que se había bebido de un solo trago los 31 minutos en el Canal 11, estaban allí convocados no sólo para los debidos y nada despreciables ejercicios de nostalgia —¿quién no querría evocar a grito pelado grandes éxitos de la talla de “Mi diente blanco” o “Doggy Style”—, sino también por la calidad de los contenidos construidos a fuerza de humor acidito, candor bien administrado, información fidedigna y comprobable, ingenio superior y una caterva de personajes acomedidos, voluntariosos, de esos nómadas que no salen de cabina, pero que resultan más humanos que lo humano.

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