OTRO DIA DE MUERTOS

Pasó el viento. Quedaron de la casa

el pozo abierto y la raíz en ruinas.

Y es en vano llorar. Y si golpeas

las paredes de Dios, y si te arrancas

el pelo o la camisa,

nadie te oye jamás, nadie te mira.

No vuelve nadie, nada. No retorna

el polvo de oro de la vida.

 

Jaime Sabines.

 

Frente a un país donde el número de cadáveres parece sembradío de flores de temporada (cempaxúchitl, para el caso, puesto que éstas, desde los tiempos prehispánicos, son el mayor tributo natural para quienes han dejado este mundo), el día de muertos viene a constituir una suerte de sobresaturación, algo de simbolismo redundante, inútil, probadamente insignificante, toda vez que en esta fecha estaremos viviendo, con la exactitud implacable de lo que ya es estadística, otra masacre, uno o varios fusilamientos, algunas decapitaciones o cualquier otra sorpresiva y brutal manifestación de la violencia a la que nos vamos acostumbrando de distintas formas.

La fecha en cuestión tiende a ser una de las más irreverentes pero solemnes, porque será imposible hablar de la muerte sin ver su reflejo cotidiano y la larga huella que incorpora cifras sencillamente abrumadoras. Quizá nos llegaría más a la conciencia, si en vez de que Lopez-Doriga diga –Hoy mueren 15 en balacera- dijera los nombres y apellidos de cada uno, pero ¿Cómo llegamos a este horror que prepara otros más y que nos insensibiliza sobre sus verdaderas dimensiones y consecuencias, especialmente las relacionadas con el país que habremos de legar?

Como en los peores momentos de nuestra historia, creo que los actores centrales de la vida política han sido incapaces de percibir el polvorín de infinito terror que puede estallar en un país perseguido por la desigualdad, la miseria y la ausencia de oportunidades. No es, por supuesto, que nuestros gobernantes hayan generado todas estas condiciones, sino que viéndolas —porque están a la vista— hoy las soslayen en aras de una cruzada contra la delincuencia cuyas expectativas son cada vez más remotas o incluso falaces: ¿en qué parte de la guerra estamos? ¿Todo este sacrificio humano y de recursos tendrá algún día un impacto positivo tangible? (y me refiero a un impacto positiva, aparte del que ha tenido en las finanzas de los Estados Unidos de Norteamérica, quien vive de vender armas en todas las guerras, y esta guerra no es la excepción)

Impresiona la convicción de una parte de la élite gobernante sobre la posibilidad de que este país resista ad infinitum el cotidiano baño de sangre a que se lo tiene sometido. La lógica de esta situación no admite cuestionamientos o reservas de ninguna especie: se está con el narco o contra él, no importa que existan evidencias de que su combate está estancado o de que se está caminando en círculos.

En el México del bicentenario todos los días son días de muertos (como hace 100 y 200 años, que bizarro homenaje). Todo ello al punto de que hoy más que nunca la muerte empieza a carecer de significado, como escribió Octavio Paz “Ha dejado de ser tránsito, acceso a otra vida más vida que la nuestra”. Pero la intranscendencia de la muerte no nos lleva a eliminarla de nuestra vida diaria. Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente”.

Desde luego, desencadenado todo este proceso irracional que diariamente cobra decenas de vidas, la perspectiva del mexicano sobre la muerte no sólo se confirma, sino que escala velozmente muchas de las observaciones que hacía el Premio Nobel; por lo menos quienes viven a diario en medio de la narcoviolencia parecen practicar de manera frenética esa idea de que la muerte no nos asusta porque “la vida nos ha curado de espantos”. Morir es natural y hasta deseable; cuanto más pronto, mejor. Nuestra indiferencia ante la muerte es la otra cara de nuestra indiferencia ante la vida. Matamos porque la vida, la nuestra y la ajena, carece de valor, como dijera José Alfredo.

La interminable espiral de violencia que se ha erigido en los últimos años abre cotidianamente nuevas y más espantosas vertientes. La visión cultural que tenemos de la muerte y que Paz retrató en su obra, se fortalece y amplía conforme avanza la tragedia.

La sangre hoy derramada sólo abre paso a la que se derramará mañana; el curso de los acontecimientos cobra una irracionalidad a la que sólo le encuentran sentido unos cuantos. Es nuestra versión, ampliada socialmente, de una cruzada que no sigue ningún guión, sino apenas el violento instinto, la crueldad ilimitada de los que encarnan, con todo el resentimiento y odio asegurados, el fracaso educativo, la ausencia de futuro y las carencias acumuladas de muchas generaciones.

Tendremos días de muertos para rato, ojala no se haga puente en las escuelas por cada uno de esos días.

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Una respuesta a OTRO DIA DE MUERTOS

  1. Gaby dijo:

    de qué nos sirve decir que el país está de luto.. si el luto se volvió parte de lo cotidiano.. me pregunto si proximamente, en lugar de esquivar excremento de perro en las calles… fueran restos de algun personaje que, dias antes, caminaba igual que nosotros.. me pregunto si eso pasará algun dia.. que triste que el saludo sea… buenos dias.. a cuantos mataron esta noche? en fin… muchas estupideces corriendo por esta pequeña cabecita..

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